EL GALEÓN DEL PACÍFICO Y LAS PIRATERÍAS

Tuve la oportunidad de participar en una obra espléndida que contiene la historia del puerto de Acapulco y su relación con Manila en el período 1565-1815: El Galeón del Pacífico. Mi tarea principal fue traducir del inglés y del francés los textos que habría de servir de apoyo bibliográfico a don JORGE DENEGRE VAUGHT PEÑA. Quizás mi padre  le dio mayor importancia a el libro de William Lytle Schurz, The Manila Galleon, que traduje completamente porque no existía traducción al español, a pesar de que había sido publicada en 1939 en los Estados Unidos.

El Galeón de Manila  fue coordinado editorialmente por el ensayista y diplomático mexicano Javier Wimer. Fue un hombre que incidió en muchos aspectos positivos de la difusión de la cultura en México. Él nos adentra en la historia del Galeón y, por su intermedio, en algunos aspectos de la historia del Gran Océano y de la familia de pueblos que, en eterna dispersión e integración, han discurrido por sus aguas y por sus litorales. JORGE DENEGRE VAUGHT, Fernando Benitez y otros historiadores notables participaron en esta empresa.

Cada texto, síntesis de ingenio y dedicación, constituye un eslabón fundamental en el conocimiento de la historia más íntima del sur de nuestra patria.

El comentarista español, PEDRO ORTIZ ARMENGOL, hace la siguiente reseña:

El galeón del Pacífico. Acapulco-Manila 1565-1815, Biblioteca del Sur. Gobierno Constitucional del Estado de Guerrero, México 1992.

Pocas cosas mas gratas que la de efectuar un muy merecido elogio sobre una obra bien hecha, y es éste el caso que nos ocupa: la publicación del libro que reseñamos, que reúne una serie de esfuerzos, entre los que figuran el «Instituto Guerrerense de Cultura A.C.», los de las personalidades y entidades congregadas para realizarlo, la magnífica presentación editorial, etc. El resultado es un Prólogo del director, Javier Wimer y una Introducción de Fernando Benítez, seguidas de un estudio cartográfico de Elías Trabulse, otro de las primeras expediciones a Filipinas, por José Luis Martínez, y la importancia del galeón en la economía del archipiélago, por Carmen Yuste. El aspecto misionero, y la presencia japonesa son tratados, respectivamente, por Lothar Knauth y Miguel León Portilla: el numismático por Clyde Hubbard, y Jorge Denegre Vaught escribe acerca de los «Piratas del Pacífico». Otros asuntos tratados: «Artes asiáticas y novohispanas» de Virginia Armella de Aspe, y una «Cronología transpacífica», por Jorge F. Hernández, que cubre desde 1492 hasta 1821.

Colaboraron en este espléndido volumen los Archivos, Bibliotecas y Museos, mejicanos y no mejicanos, que se citan, y en la reunión y presentación de ilustraciones, diseños gráficos, y coordinación, las personas que se mencionan. Un gran formato, unas reproducciones de máxima calidad ofrecen un magnífico libro de 256 páginas, del que se ha hecho una primera tirada de tres mil ejemplares.

«El galeón del Pacífico» muestra un extenso conocimiento de los temas tratados; un propósito histórico, limpio, en lo relatado. Es decir, en la esforzada apertura de un escenario histórico y geográfico en el lejano Oriente que significó la línea regular de navegación más larga, más antigua y de mayor duración hasta tiempos bien recientes. Empresa toda ella que realizó el sueño de Colón, que éste no llegó a realizar, de la que resultó la llegada a la China por otro camino, y la intensificación de las relaciones entre el Extremo Oriente y Europa, y en particular la puesta en comunicación entre Oriente y el Nuevo Mundo. En suma, lo que el historiador Pierre Chaunu calificara, con toda justeza, de «la primera economía a escala mundial» producida en la Historia, y ello en el siglo XVI. [198]

México y los mejicanos, con este libro, muestran su sensibilidad ante el hecho de ser su país, con Filipinas, «puntos intermedios de un itinerario más amplio» y «los principales beneficiarios del tráfico con el Oriente» (prólogo de Wimer, p. 9) y saluda este inigualable precedente histórico de una «comunidad del Pacífico, cuya creación o recreación hoy se intenta» (p. 10).

He de recordar que, en un lugar destacado de la Manila actual, cercano a lo que fuera el puerto fluvial transoceánico, un embajador de México en Filipinas, hace poco más de dos décadas, hizo levantar un monumento a las expediciones descubridoras, aquellas que hicieron que el archipiélago fuera incorporado a la Corona. La dedicación del monumento figura, como era lógico esperar, en español y en ella consta, como es justo, que las expediciones partieron de México, puesto que el eslabón mejicano era el que hacía posible la aventura náutica descubridora, con menciones a Legazpi, a Urdaneta y a otros navegantes. No se hace mención expresa a ese monumento mejicano en el libro que nos ocupa, ni tampoco -y ello nos produce alguna sorpresa en obra tan espléndidamente documentada como es «El galeón del Pacífico»- el libro de William Lytle Schurz, The Manila Galleon, en algún modo precedente de la que nos ocupa. La obra de Schurz apareció, como es sabido, en 1939 en los Estados Unidos, y desde entonces ha sido reeditada en ocasiones, como la efectuada en Manila en 1985 por la «Historical Conservation Society», con una introducción de quien está escribiendo este comentario. Lógicamente «El Galeón del Pacífico», el gran libro terminado de imprimir en Méjico en enero de 1992, según consta en el mismo, no puede mencionar dos libros impresos en España posteriormente a dicha fecha: la traducción al español del libro de Schurz, aparecida en Madrid a mediados del año 92, ni tampoco el más reciente, de J. García del Valle Gómez titulado «Retrato de un navío», que se refiere a un preciso galeón de la carrera del Pacífico; los años 1733-1750, libro este último que se concluyó de imprimir en marzo del corriente año.

Existe una estimable bibliografía acerca de Filipinas, realizada en España en las últimas décadas -Díaz Trechuelo, Cabrero, Calderón Quijano, C. Sanz, etc.- o fuera de ella: Phelan, por citar un extranjero, y ello permite esperar que alguna de estas aportaciones puedan citarse en otro volumen que pueda continuar a este espléndido El galeón del Pacífico que tenemos ante nosotros. El prologuista Wimer señala, en la página 11, que «el proyecto original de la obra consideraba la inclusión de tres capítulos más: uno sobre las leyes del mar, otro sobre la construcción de navíos y otro, en fin, sobre la feria de Acapulco». Añade Wimer que estos temas quedaron fuera de este volumen «aunque posiblemente puedan agregarse a una edición futura». Es de esperar sea así, dado el éxito que auguramos a este galeón de la ruta México-Manila, tan espléndidamente puesto a flote por el Gobierno del Estado de Guerrero y por el Instituto Guerrerense de Cultura.

PEDRO ORTIZ ARMENGOL

Destaca la importancia que la carabela, conocida como la Nao de China, tuvo en el desarrollo de los intercambios transpacíficos hasta 1815, año que señala el fin de la empresa y el principio de un olvido que llega hasta el presente. La Nao viajaba de China a Manila y de allí a Acapulco, y viceversa, ofreciendo los mejores productos comerciales del Pacífico.

¿Quién iba a imaginar, por ejemplo, que los mexicanos fuimos los pioneros del Pacífico? ¿No fue acaso el puerto de Acapulco la puerta de entrada de aventureros y de idealistas, de filibusteros y traficantes, de misioneros iluminados y expedicionarios audaces, de comerciantes ambiciosos que afrontaron todos los riesgos para hacer posible la expansión asiática de la mercadería y el arte?

Desde 1573 Acapulco aparece vinculado por largo tiempo con el oriente a través de la ruta de las especias y en las mejores muestras de la cartografía mundial.

En la vastedad de los mares del sur, el puerto guerrerense se perfilaba, desde entonces, como el punto de destino de los galeones provenientes de Manila, Ceilán y Macao, principalmente.

¿Cuántos relatos apasionados de exploradores y aventureros participarían en la descripción geográfica de uno de los lugares más bellos de la América septentrional? Sueños, arte, aventuras, mercancías, pasión religiosa, imaginación desbordada: ese es el mito del Galeón del Pacífico.

Escribe Fernando Benítez: “¿Qué era la Nao de China? Algo que se escapa a la historia, una nave de Turner esfumada en el resplandor del crepúsculo, un tesoro de Aladino que cabalgaba sobre la espalda del océano, un purgatorio marinero, un barco fantasma, la ambición de los reyes, el botín de los piratas, la falda de las mujeres, los manteles de Damasco, el pañuelo de los adioses, el sufrimiento humano, la lotería de los pobres, la riqueza de las naciones, el ave del paraíso, esa magia que duró 250 años y que sólo se extinguió cuando el viento de la Independencia la echó a pique y que permanece intacta en el fondo del mar”.

Hermoso libro, enriquecedor. Debemos conocer la historia de nuestra patria, del solar de los mayores, y solazarnos con sus epopeyas y grandezas.

About lapiedravivahabla

Académico tiempo completo de la UAM desde 1976. Pianista, editor, periodista, columnista, abogado especializado en derechos humanos y del consumidor. Nadador, bibliófiloo, librero anticuario, jefe de pequeña familia integrada por cuatro hijos, dos que viven en mi casa en México y otros dos que junto una bella nieta viven conmigo en Morelos. Autopr de 15 libros, publicados 9 y otros en la red como e-books Erótico, poeta, investigador jurídico y de humanidades y ciencias sociales. Aspiro a una diputadura .

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: