TODO LLEGA, TODO SE OLVIDA, TODO SE ARREGLA,NADIE COMPRENDE NADA DE NADA…

Colgué mi cachucha escocesa en el mismo sitio donde la puse hace 15 años, la última vez que estuve ahí.

Desde aquel invierno no había vuelto a esta casa.

Y esta Navidad, ¿quién vendría?

Mi rejuvenecida ex consorte —con la quinta operación de cirugía plástica, creo—apareció radiante y gentilísima por las escaleras.

— ¿Qué tal Teresa?

En el primer escalón se detuvo ella. Condescendientemente puso su mejilla. Bien sabía yo de esa costumbre. Para Teresa – católica—ese fue el singular beso de la Paz. Paz te doy.

–Paz te doy, quise decir.

En vez:

–¿Cómo has estado?

— ¡Estás helado!, graznó.

— Granizó. A las muchachas les encantó el viaje.

–Tú te me vas para arriba y te bañas en la tina, ¿me oyes?

— Calientita, eh? ¿Qué te mando? ¿Té. chocolate, café?

Y no me molesté; ¿no era un cognaclo obvio?

¡Y cómo habló ella de rápido para evitar esa sugerencia!

— ¡Mándame chocolate, pero mejor será que ofrezcas a las muchachas una verdadera bebida!

— ¿Qué te pasa, Li? Puedes tomar una copita, si quieres. Pero debes cuidarte. ¿Te estás cuidando, no?

Sé que te impuso el Dr. Vargas una dieta alcohólica permanente…

Sonreí. Comencé a ascender la escalera. Me pareció más vertical.

Te he puesto en tu cuarto, por supuesto. Tendrás que compartir el baño con Sherry. Eso es lo más que puedo hacer. Tu hija no estaba siquiera segura de pasar por ti hoy.

El cuarto era el mismo. Aunque los muebles habían cambiado. Mi sillón favorito no estaba donde a mí me gustaba. Pequeñeces: ceniceros por aquí, flores por allí. Era un cuarto joven. Ni una pintura. Cómodo, sí. Pero, extraño para mí. ¿O más bien yo era extraño al cuarto?

Ahora me mezo en la silla y me acuerdo de

LOS AMIGOS PERDIDOS:

Escribí animosamente a quien prometió reiteradamente visitar al autor y de manera descomedida, descortés y brutal lo plantó varias veces.

Preferí perder amigos que dejar de decir frases ingeniosas. Y, no se les olvide, no hay hombre tan falto de amigos que no pueda encontrar alguno con sinceridad bastante para decirle unas cuantas verdades desagradables…¡sin dejar de serlo!

Hace poco más de veinte años me operaron de una catarata en el ojo izquierdo. Escribí [1] una docena de artículos sobre el asunto, hablé de “los ojos del alma”, de las figuras fantasmagóricas de la cueva de Platón y, en medio de la barahúnda, hablé a todos mis amigos. Vinieron a verme 269, ¡doscientos sesenta y nueve!, entre ellos gente común y corriente y notables personajes de la cultura nacional.

Se lo conté a Jacobo Zabludovsky:

–Caramba– exclamó–, yo cuento a mis amigos con los dedos de una mano…

Ahora, me acaban de intervenir quirúrgicamente el ojo derecho para extirparme otra catarata. Ya no escribí de la historia del ojo, al estilo del finamente erótico Georges Bataille. Tampoco armé una pieza dramática. Y la cosa es que algunos amigos se resisten a visitarme para contemplar a un hombre biónico, con vista artificial, al estilo superman.

Me siento triste. A lo mejor, despechado. Mi orgullo está herido. Algunos no sienten ya afecto alguno por mí, tienen otras cosas qué hacer, más importantes que venir a perder el tiempo al lado de un sexenagenado o, de plano, quieren aprovechar esta ocasión para dar rienda suelta a su resentimiento, en mi contra.

Así pasó con mi amigo de la infancia, Lalo. Llegó a hacer pormenorizada cuenta de las veces que le agravié. Dijo, al final, que su presencia en mi casa demostraba cuánto me quería porque, aunque no podía olvidar esas ofensas, ya me había perdonado. De su hermano, Octavio, el inefable e infalible pero feliz en su magnífica mediocridad, no podría decir lo mismo– añadió descarnadamente mi excelente amigo– porque se negaba a visitarme, lo cual –como acostumbra a bromear el mismo Octavio– me es inclusive.

Consecuentemente, pasé una tarde angustiado, indignado y muy disgustado. Sentí pánico. Uno de mis mejores amigos tenía motivos para odiarme y hubo un momento en que me propuso cruelmente que se podría vengar haciéndole mal a mi hijita de cuatro años de edad.

Cuestiones existenciales terribles presionaron el pesado ambiente, oprimiendo mi corazón, ensombreciéndome con toda clase de dichos y dicharazos: todo se paga en la vida; el que siembra vientos cosecha tempestades.., en fin, la malicia tiene una memoria muy grande. Lalo es malo. Me hizo profundamente infeliz porque me despojó abruptamente de la muy escasa dicha que me era dable tener en este mundo, y que descansaba en la certeza de haber hecho el mayor bien y el menor mal posible a mis amigos. Es frase de Foscolo: “…il minor male possibile al cuore dei nostri amici.”

Y lo que más me duele es que este desengaño irreparable me lo cause mi amigo del alma, inseparable camarada desde el jardín de niños. Nuestras vidas estuvieron tan enlazadas desde nuestra infancia que pudiera decirse que forman parte la una de la otra y que he hablado de él casi siempre que he tenido que hablar de mí:

Sa vie et la mienne on étè tellement mêlées depuis son enfance que nos deux existences font comme parti l’une de l’autre, et que j’ai parlé de luí presque partout où j’ai eu à parler de moi.

Yo me he ganado los corazones generosos con afecto. Mas, los espíritus mezquinos son ingratos. Hay hombres de tan mala especie, que no saben hacer bien a nadie; y si alguna vez aciertan a ser provechosos para alguno, quieren que le sea esclavo, obsequioso y eternamente servil. Eso, porque les cuesta mucho trabajo el haber hecho algo bueno contra su natural inclinación.

De estos especímenes es que estoy tratando, aquí. Son ellos los que creen que me hacen daño dejándome solo al tiempo de la mayor necesidad, según suponen.

Por ejemplo, Lalo quería que le agradeciera yo–como exige a todos los que alguna vez otorgó préstamos del dinero bancario que manejaba como gerente– lo mucho que me ha dado. Debiera saber que ningún hombre digno pedirá que se le agradezca aquello que nada le costó, porque lo concedió de buen grado, cariñosamente. En cambio, antenoche llegó a beberse, a pico de botella, rufianescamente, un vino nacional al que, además, consideró demasiado poco para él. También, se acabó un par de botellas a las que llamó corrientes. En fin, fue la manera vulgar de un hombre borracho, resentido y predispuesto a que de ningún modo agradeciera yo su ingrata visita. Llegó a desquitarse, extrañamente. No obstante, alardeaba, burda e incoherentemente, que para mí era una dádiva su visita. En este triste caso, le repliqué, no obliga tanto la dádiva cuanto el dolo de hacerla porque el regalo tiene el rango de quien lo hace. Pequeña prenda de una no pequeña ni corta amistad. Estoy seguro que no me entendió.

Entonces, intenté otra alegoría.

— Lalo, podría resumir nuestra relación así: amigo fuiste, muy amigo de hacer y dar cosas, que derramaste generosamente, pero todas las pusiste como cebo en un anzuelo; ¿y qué pez puede amar a un pe<s>cador? Es decir, la manera de dar vale más que lo que se da. ¿Cómo agradecerte tan infeliz visita? Asimismo: arrepentirse del bien que se ha hecho no cabe en ánimos nobles. O dicho de otro modo: dones que vengan de un hombre malo, no traen provecho. Escribió Dostoiewsky en su obra maestra, El jugador: “Al hombre malo– Lalo– le gusta ver a su amigo humillado ante él. Para la mayoría, la amistad está basada en la humillación.”

¡Hasta escribí una

EPÍSTOLA AL ANTIGUO AMIGO UNIVERSITARIO!:

Tú, Rollingstone, sin venir, me has causado mayores agravios. Por eso, contradictoriamente, gracias, amigo, por no venir. Seguramente, has de pensar: ¡Lívingston ha pretendido obligar a sus amigos a visitarle! ¿ Y qué beneficio hay cuando se obliga a un traidor?

No es paradójico: He querido poner a prueba la lealtad de mis amigos. Debí abstenerme, salvarme de las penas y comprender que cuanto se ha escrito sobre la fidelidad es irremisiblemente cierto. Es por ello que en esta coyuntura, en medio de los azares de la vida, encuentro, entre las cuatro paredes de mi recámara, las cosas tremebundas de este mundo que dan muy poca felicidad.

Creí que tenía muchos amigos y no quise prescindir de ninguno. Y voy encontrando enemigos anidados en esas impías almas. Empero, fueron “Amigos” que ahora me desprecian, porque creen verme abatido, a sabiendas de que todo mundo corta leña del árbol que está caído. Suena a verso pero podría hacer otra prosaica variación sobre el tema: diré que entre mis amigos y yo, sólo uno es amigo del otro. Porque– continuando con los aforismos– buena cosa es tener amigos pero mala el que piensen que tienes necesidad de ellos.

¿Quién no sabe que es difícil encontrar un amigo fiel? Si buscase como único compañero a uno solamente, aunque fuese con la linterna del cínico Diógenes, me expondría a permanecer solo con mi pequeña familia, durante toda mi enfermedad. Por tanto, le hablé a todos. Y , gracias a esa actitud estúpidamente previsora, hasta ahora, no he dejado de recibir amigos, desde la semana pasada. Ayer, llegaron quince. Antier, tres. Anteayer, una amiga. Un día antes, un par… Dirás lo que quieras: Sin embargo, estoy persuadido de que esos amigos fieles son mejores medicinas que las que me recomendó el médico: son el elixir de la vida. Tengo consuelo, por más que me procures adversa fortuna y evites el desahogo del alma.

Pondré como ejemplos algunas cándidas frases que me han querido dejar en conmovedores mensajes manuscritos:

Yo entiendo la amistad como un sentimiento cabal y leal…Dar la mano es una de las cosas más satisfactorias cuando se ama a los amigos. Magdalena.

Algunas veces la vida nos pone tropiezos o pruebas. Mientras las salvemos con valor y sabiduría seguiremos recorriendo ese largo camino…¡Gracias a Dios has salvado una pequeña prueba más! Amalia,

Lívingston. Gracias por permitirnos entrar a tu casa, por esta confianza. ¡QUE ESTÉS BIEN! ÉRIKA.

Estoy seguro que lo que no mata, endurece. Te agradezco el empeño que pones en nuestra amistad; empeño que, muchas veces, desgraciados e infelices infieles lo malinterpretan. ¡Pronta recuperación! Julio.

Deseos para que vos regreses a la vida ordinaria con una vista mejor que la de Superman. Alberto.

Antes que nada, déjame decirte que eres el mejor amigo que yo conozco y, además, un personaje muy culto, preparado, respetuoso. Tu imagen la tengo grabada en mi conciencia como un ejemplo a servir. Te respeto y estimo. Limón.

Espero que tu recuperación sea pronta porque la función debe continuar en este teatro, el de allá y más allá. Aquí, en la vida, cuenta conmigo. Te serviré en todo lo que te pueda ayudar a mejorar. Tu amigo de siempre. Raúl.

Pequeñas muestras de afecto que me ponen contento.

Pues, si es cierto que conocí tiempos más felices y conté con amigos como tú, hoy no me hallo solo: tengo todavía los verdaderos amigos quienes, suponiendo erróneamente que padezco infortunio, están todos los días conmigo… Ahora mismo, tengo que interrumpir esta epístola porque me llama un amigo, a la puerta de esta casa, que abriste tantas veces por tu propia voluntad y sin que requirieras invitación alguna…

En cambio tú…

Has tirado una amistad al fango de los cerdos, ¡cochino! En el Eclesiastés, me encontré con esta otra perla, que debía ser consigna en el reino de los hombres de Bien: “No abandones al amigo antiguo; el nuevo no valdrá lo que aquél…” Aquello, porque el que encuentra un amigo, encuentra un tesoro y eso, hoy, resulta inverosímil. Te equivocaste: al volverte abstemio, a fortiori, desparramaste y tiraste al diablo los odres de los sentimientos nobles: hay que dejar que la divina amistad se haga añeja para beberla con deleite, in spite of your actual sequedad. ¡Entonces, debes emborracharte de– y no con– una vieja amistad!

Una canción que toco en el piano frecuentemente, con patriótico deleite –y que es el himno tradicional escocés dedicado a la amistad — es Auld Lang Syne. Se le atribuye al gran poeta Robert Burns. En una estrofa, canto así:

¿Podrán olvidarse los viejos amigos y dejarse perder su recuerdo?

¿Podrán olvidarse los viejos amigos y borrarse el recuerdo del tiempo pasado?

Desgraciadamente, sin duda, sí existe ese infame olvido: algunos se han distanciado para siempre. No leerán nunca a Cicerón. En su Ensayo sobre la amistad, pregunta: “¿Hay algo más dulce que tener a alguien con quien poder hablar de todas tus cosas, como si contigo mismo fuera?” A gentes como tú, tales dulzuras ya le están vedadas.

LA VIDA DURA, (?) ¿LA AMISTAD DURADERA?

No obstante, en la adversidad, supuesta, estoy conociendo a mis amigos.

Al revés: en la prosperidad, fueron ellos quienes me conocieron, al desnudo. Pero, la mezquindad política y el interés mercantil jamás han forjado amistades duraderas. Prohiben perder el tiempo en pendejadas, dejadas.

Tú, falso amigo, me seguiste, como sombra, mientras brilló el sol de mi ingenio. Fue una ficción basada en momentánea experiencia, a tu servicio. Aprendiste– dizque hábil conducto de hombres– que hay que separarse de los afectos cuando ya no te es útil el Intelectual Orgánico. Sembraste un desierto vasto, utilitario, ausente de amistad, con el propósito avieso de preservar una salud psicosomática que ya no podrás recobrar porque está enfermo tu espíritu.[2]

Eres amigo bueno para estar bien lejos y merecedor de esta epístola, a distancia electrónica. Debieras saber, asimismo, que los amigos verdaderos comparten la felicidad cuando se les ruega y acuden a consolar de la desgracia, al que yace inválido en su alcoba, sin que se les llame.

El arrepentimiento del hijo pródigo y la espalda vuelta

Pero, te digo, no obstante que la cosa más deliciosa sería una poca locura ocasionada por el placer de recobrar un amigo perdido, como en la parábola del hijo pródigo. Quisiera tu arrepentimiento, para no admitir que derrochamos mi credulidad y buena fe.

Acordemente, aunque sé que es más frecuente enterrar amistades que amigos, añadiré con Jovellanos:

Puedo yo haber sido desgraciado en amigos; puede haberme privado la desgracia de los que tuve en prosperidad; pero yo no emanciparé a ninguno a quien no vea de espalda vuelta; y cuando todos me abandonaran, más gozaría mi corazón en el sentimiento de haberles sido fiel, que sufriría el de su infidelidad.

Concluiré por confesarte que, a pesar de todo ello, me indigna más la indiferencia tuya que el odio de mis enemigos

LOS PLATOS ROTOS Y EL DEBER HONRADO:

No creas que, rotos los platos, los lazos de la amistad, no quedan ya deberes que cumplir. Quedan, precisamente, los que dependen de la honradez. A una antigua amistad se le debe respeto. Se que me trataste como un miembro cándido de una sociedad anónima, de mutuos intereses y de servicios recíprocos. Fue–sabemos– comercio fenicio en que tu amor propio se propuso ganancias judaicas. Mas ahora, que ya no hay transacciones, ¿qué ganarías con falsedades, denuestos, calumnias, difamación?

Fíjate: Te llamo aún amigo a ti que eres un traidor. Porque es mejor amigo quien desengaña mejor. Y no creas: ahora que sé quiénes son mis leales amigos y cuáles los traidores, aún puedo dar su merecido a los unos y a los otros, contrariu sensu lo que manifestó Tarquino cuando fue lanzado al desierto, según cuenta Cicerón.

Por ende, no deshonres el santo nombre de amigo, hablando injustamente mal de mí, aún cuando tus palabras sean sinceras y desapasionadas. No seas como aquellos condenados por Alfredo de Musset:

Todo cuanto de desagradable pueda echaros en cara vuestro enemigo, nunca llegará a la mitad de lo que a vuestras espaldas murmuran de vosotros los amigos…

Acuérdate: te di, recibí, te conté mis secretos, pregunté por tus problemas, te ayudé, comí en tu casa y te convidé a comer: te di señales sinceras de amistad.

Piensas, ahora, que se nubló el tiempo: fue sólo la vista y ya veo con claridad. Indeed, debiera escribir epístolas como Séneca: Es difícil tener como amigos a todos; basta con no tenerlos como enemigos.

Pero, me importa poco su consejo. Porque aún actúo como un iracundo joven literato, desprecio olímpicamente la prudencia del sabio romano. Me enorgullezco de la airada tropa de mis enemigos y me complazco en contribuir a incrementar sus filas con infieles.

¡ÉCHAME A MÍ LA CULPA! O YO ME ACUSO

Finalmente, te recordaré que estoy inmerso en la ética. Quise despertar tu conciencia. Podrás reprocharme, como Lalo, que fui inoportuno, procaz, indiscreto, porfiado y–como dice mi queridísimo amigo Pancho Vargas, el más espléndido, virtuoso y talentoso de los amigos verdaderos de muchos–, padezco crónica y fatalmente de comunes y vulgares pecados: soy cronógrafo, cronófago y grafócrono. Sí, yo me acuso de eso, de poco seso, de mucho sexo y demás, a más, excesivamente.

Pero, así y todo, confié siempre en ti y fui honesto, auténtico y espontáneamente sincero. Si tus intereses ya no te traen al coloso de Santa Úrsula no me engañes, no seas hipócrita ni mentiroso, ni cobarde ni farandulero, comediante, histrión, fatuo, pedante y frívolo: cuando te llamé no tenías que prometerme que vendrías. Podrías, perfectamente, ¡mandarme mucho a la chinchada!

Así lo prefiero porque, odiando lo falso y dedicado a la búsqueda de la felicidad, la verdad y la justicia, nada podría detestar más en ti– en nombre de nuestra antigua amistad– que la forma en que deformas la palabra de honor– ¡horror!– y el cumplimiento de la promesa de un hombre. Resulta bochornoso que un comediante de la televisión, como mi amigo Stanley[3], mejor concepto tenga de la dignidad, la honra y la obligación de cumplir con la palabra empeñada, que un viejo maestro universitario, dizque forjado moralmente como un cuáquero.

Sí, no lo niego, como dije al principio: Estoy profundamente ofendido en mi orgullo propio. ¡No cualquiera se da el lujo de desdeñar la invitación para entrar al hogar de Lívingston! Me engañaste y no me perdonaré nunca, suficientemente, que haya insistido en reincidir, en solicitar humilde y zalameramente tu ingrata compañía. Puse demasiada fe en tan deleznable prójimo. Te aseguro que, ¡por fin!, me percaté de tu insolencia. Ahora sí, amigo, puedes descansar en paz. Adiós.

Pero decidí que nada tendría que decir, ahora, del pasado.

¡NADA DEL PASADO! Me senté otra vez en mi sillón antiguo, volví a mecerme parsimoniosamente y encendí mi pipa.

Los viejos tiempos se abalanzaron, se amotinaron, se derrumbaron sobre mí. Montones de recuerdos que nunca venían. Pero hoy, aquí, la avalancha, las oleadas, las ventiscas de viejas cosas me conmovieron.

Estaba haciendo el informe que llevé a cabo hacía dos quinquenios, durante el complejo proceso de divorcio que se llevó en sí mismo, ¡diez terriblemente desgastantes años!

Aquí escribí Yo viejo y mi Última Joven Desnuda.

Aquí se desnudó mi amiga para autoretratarse.

Aquí intuyó genialmente cómo sería yo, físicamente, a los 69 años de edad.

Digo esto porque mirándome al espejo ya SOY el retrato al que quedé condenado aquella fría noche.

Más que en las arrugas y en la calvicie y en lo blanco, la vejez está en ese funesto sentimiento de que ya es demasiado tarde, de que ya la partida se jugó y el escenario espera a nuevos actores sin esta terrible indiferencia del alma, Aquella certidumbre de que a la belleza van naturalmente unidas la inteligencia y la bondad, aquella fe en la eficacia de la razón, ¿es posible conservarla después de media centuria de tristes experiencias y decepciones?

¡Oye!, no. No me estoy poniendo trágico. No es por la escena de muerte que filmé ayer o porque hoy están dando los Óscares de la academia de Hollywood… NO.

De veras: La vida es como una película. Yo podría quedarme a ver otra vez el film… Pero el aburrimiento me hace saltar de la butaca apenas reaparecen las imágenes que he visto ya. La vida es un espectáculo continuo. Las mismas actualidades, la misma moda vuelve cada treinta años. Y yo me canso. Por eso, uno tras otro, los espectadores se levantan para salir de la función.

La vieja película mía es ésta: Ésta y todas mis casas las puse a nombre de mi mujer: mi mejor dinero, en verdad, provenía de los réditos del capital depositado en el banco hacía quince años por los sueldos caídos que tuvo que pagarme la Universidad, cuando me rescindió por estar en un viaje diplomático top secret. Mi sueldo de embajador era muy eh… shall I say?… raquítico. To say the least.

Y hacía quince años que a este lugar llegó mi yerno.

— Señor Vaught siento muchísimo tener que decírselo pero… eh, eh, este, su hija July… bueno, ella cree que Usted no trató bien a su mamá… Yo no sé nada de eso… Yo.., yo creía que Usted se quedaría a vivir con nosotros. Ahora que se ha ido su esposa a Mérida y no es embajador en Ottawa, pero… este… la cosa es que la casa.., bueno, este, no quise decirlo… Yo se que Usted ha perdido mucho dinero en la última campaña. Le haré una buena oferta: le doy… $$$... También quisiera decir que el Presidente me debe algunos favores… y yo creo que si se lo pido tendría mucho gusto en…

¡Cuánto había soñado con esta oferta! Seguramente podía mandarme de embajador a Europa. Pero ya era demasiado tarde: Ivonne estaba en París– casada– porque yo no había tenido el valor civil de divorciarme… Sí, había que proteger a July y a sus hermanos; había que conservar integrada a la familia. Un divorcio me afectaría moralmente. Soy católico. Podría arruinar mi reputación; afectar, inclusive, al partido. Además, me oponía con todas mis fuerzas a desintegrar a nuestra familia sin que existiera causa alguna… ¡Por eso fue que los juzgados civiles y colegiados me dieron la razón! Subsistió el matrimonio por no existir causa alguna… Sin embargo, la Ley no puede forzar a los cónyuges a permanecer en el hogar. Mi mujer vendió nuestra casa y se marchó. ¡La nave se quemó, el matrimonio naufragó y los hijos se agarraron desesperadamente, cada cual, a su propia tablita… Sobretodo, adoraba a mis hijos, quería a mi esposa con todo el corazón… ¿Qué fue lo que sucedió? ¡¡Dios mío!!…

Y hace quince años también los estaba protegiendo: cedí los derechos de la casa para no convertirme en una carga. No quería que se avergonzaran por la triste situación de un abandonado.

<¿Qué voy a hacer si dicen que soy el abandonado… ¡Abandonado sea por el amor de Dios!…>

Diputado conservador y diplomático de carrera, caído en la desgracia.

— Puede quedarse con la casa. Le agradezco que me haya ofrecido eso y no más. Acerca del puesto político, pues, mire Usted, Jorge, creo que me gustaría ir más a Cancún este Invierno. Tengo allí unos amigos que no he visto en mucho tiempo… De veras, no me siento con ganas de trabajar…

La vieja sirviente que había estado conmigo en todos los países en que representé a mi gobierno por casi quince años, tocó la puerta.

— Entra María.

— Pero, ¿POR QUÉ DOS TAZAS?

¡Ay!, ¿traje dos tazas?… Es que.., la fuerza de la costumbre, señor. La costumbre de traer siempre dos tazas. para usté y la señora…

Dejé la puerta abierta.

Y mientras María colocaba sobre la mesa de mármol las flores de nochebuena, los chocolates y los pastelillos, pude ver en el pasillo a mi hija con Sherry.

— Este es tu cuarto. Oye, acuérdate de lo que dije… Mucho cuidadito, ¿eh?

— Gracias María.

Me dirigí a la puerta y la cerré.

No sé por qué me acordé del día en que el jefe de mi Partido me dio una fiesta para celebrar mi aniversario 65. Pronuncié un discurso en el que dije que esa ceremonia me hacía pensar en lo que sentía cuando mi nodriza me decía: “Ya es tarde. Ya es hora de irse a acostar, niño.” Y protestaba; pero el sueño me invadía y sabía que el lecho sería un descanso. La muerte — agregué — es una nodriza afectuosa y severa; cuando llega la hora, viene a decirnos: “Niño Lívingston, es hora de irse a acostar. ¡Es hora de irse a…!,

yeah!

La reacción de mis amistades fue de ruidosa protesta. Consideraron que estaba atacando al líder obrero que apenas había cumplido 92 años de edad. Que iba con el siglo y terminaría con él porque “ya se le había pasado la hora de morirse”.

Muchos creyeron que deliberadamente me había puesto fúnebre y flamenco para joderlo. Yo era un bebito balbuciante a su lado… ¡No era para tanto! Tenía casi una tercera parte menos de su edad…

Contemplé las dos rojas tazas de chocolate. Me tomé sorbo a sorbo la mitad de una. Me dio mucha sed. Pero me sentí más calientito. Teté tenía razón. Un chocolate espeso es mejor que una copa de cognac.

Y el corazón, como el cuerpo, tiene necesidad de calor. No estoy tratando de hacer sentimientos con propósitos deliberados… Pero si los viejos no son ridículos más que cuando se enamoran y olvidan que son viejos y feos…

Las atenciones, las ternuras, el afecto no tienen edad… No hay desacuerdo sexual; en mí no existe… Le doy a Corina más cariño y sexo que cualquier mozalbete de su edad da a su novia…

Yo quisiera recordarle uno de esos ríos que siendo torrentes impetuosos, peligrosos y saltarines en las proximidades de su fuente, se convierten cuando llegan a las cercanías del estuario en lagos apacibles que reflejan los pinos; en bellas riveras lentas y límpidas en cuyo lecho, en cuyo espejo anchísimo, se contemplan también los árboles y la noche…

Me estaba asomando a la laguna y recordaba aquellos tiempos en que me la pasaba en traje de baño, escribiendo en el jardín. Y, a cada instante entraba a besar. abrazar y a platicar de mis imaginarias aventuras a la chiquitita que me acompañara… volvía, entonces a la escritura cargado en energía y buenas ideas. Algunas veces esa chiquititita era mi esposa. Aún la quiero. La he perdonado. ¡Como dice mi primo Dubost, simplemente está tan loca como cualquier mujer!

Creo ahora que actuó conforme a su tradición árabe: defendió lo más sacro del futuro de sus hijos: money! No me vio ningún futuro económico. Era un simple profesorcete, un político fracasado, un joven abuelo que nunca tendría herencia porque mi padre me sobrevivió lo suficiente y aunque no legó su rica biblioteca a la nación antes que a alguien que nunca demostró ningún interés por el negocio de librero anticuario o, ¡punto!, por negocio alguno, no obstante su título universitario y rimbombante de Maestría en Administración, mi querido padre sí murió intestado y permitió así que mi hermano se apoderara paulatinamente de los libros más raros, antiguos y caros, de modo astuto, subrepticio y deshonesto, despojándome de mi patrimonio y enriqueciéndose ilícitamente con su indiscriminada venta.

Manifesté, al pie de su fosa que los que viven no deben estar en guerra con los muertos. Quien se fue no olvidará que mi hermano no cumplió nuestras esperanzas en una tenebrosa realidad. Pues, entonces oyó, ¿lo oyes?, que prometimos solemnemente a nuestro Padre, al pie de su ilustre tumba y lo proclamé ante quienes lo despidieron, a nombre propio y de mis hermanos:

Te lo cumpliremos, lo juramos en bien de la cultura en México y del mundo. Tu Biblioteca será pública y estará consagrada a los estudiosos de la Historia de México.”

Lloremos..,

no hay Biblioteca ni institución que lleve su nombre porque mi hermano vende los libros al mejor postor.

Sí, Jorge Denegre-Vaught, bueno, bondadoso y cariñoso, suave padre, hombre de bien, quien renunció a la mentira, la falsedad, la maldad, la hipocresía y la deshonestidad, ¿perdonará, liberará de su inmensa deuda con él y con su conciencia, a mi hermano? No por eso, sino por mucho más, Dios lo perdonó de los pocos pecados que cometió debido a su única flaqueza: amó demasiado a muchas a quienes aceptó con todas sus debilidades. Correspondió amorosamente a aquellos que le admiraron y profundamente reconocieron su buen humor, delicada ternura, largueza, generosidad e hidalguía.

Y llorando me acordé de aquél

Sábado 28 de febrero de 1998, en que lo enterramos tras esa promesa inserta en la oración fúnebre.

¡Nunca me olvidaré de la gentileza ternura y rara manera de jamás decir ¡¡NO!!, de sonreír a todos por todo!!, mientras me obsequiaba cotidianamente esa dulce inquietud ardiente, tierna, gentil, rara y sonriente de hacer el amor, románica pero furiosamente sexual, al tiempo que resonaba en mi espíritu una canción de Manzanero, una golondrina sobre el mar calmo, una baja guitarra y una voz sensual, una caricia elegante y una eterna amistad..l.

— Sí, éramos jóvenes. Te digo, Thereisein, empero, que el amor del viejo puede ser tan impresionante, tan sincero como el de los zagales bisoños. El amor del viejo puede ser tan verde como el de los inmaduros mozalbetes que fuimos. ¡¡No me gustaría que me llamaras raboverde.

“Puedes llamar a mi último matrimonio VERDINEGRA AVENTURA ERÓTICA Y HEROICA DEL VIEJO EMBAJADOR Y AÚN PLENIPOTENCIARIO, instead, porque sí, sí estoy en plena potencia y facultades fisiológicas, ¡aunque lo dudes!”

— Quizás… Hummmmm! Sí, estoy seguro de que el amor del viejo puede ser sincero como el que compartimos por dos décadas, my dear, todavía te ofrezco la pureza de la amistad y la inquietud ardiente y tierna y eterna del amor…

Y Thereza, no olvides que estoy en default: el papel de las mujeres es el de despertar con su coquetería las ilusiones de los viejos y el de conducirles dulcemente a la muerte entre los ingenuos cuidados de la adolescencia. Así me está arrastrando, con suavidad, mi nueva mujer, CORINA.

Y Thereza — que había entrado brevemente para certificar que todo estaba bien–, se levantó como movida por un resorte.

De reojo, percibí su indignada mirada y me estremecí, porque me recordó la ilustración que me dio José Luis Cuevas para este mismo cuento. ¿¿La realidad es copia fiel del original de Cuevas!! Salió armada con una falsa risita (jejé) y discretamente cerró la puerta.

Me acababa de preguntar por la que fue mi mujer hasta hace unos días, Pilar. Se refirió a ella, como “tu querida”. Acosada, gritaba con orgullo, insolencia y enojo impotente, cuando pretendía que aceptara a mi familia para convivir todos juntos en paz. No podía permitirse reconocer que me había casado por lo civil y por la Iglesia con quien viví, no más hasta ayer, ¡veinticuatro azarosos años!

No comprende que no todo es amor entre un hombre y una mujer… Esa adhesión que experimento por mi hijo Yulian..

.

Hay algo delicioso en ver cómo recorre a su vez el camino de la vida. Disfruto con su dicha, padezco sus sufrimientos. Sus pasos dificultosos o su deficiencia en el habla me preocupaban hondamente… (a pesar de que mi exmujer disipaba mi preocupación exagerada, recordándome que tenía pocos años). En efecto, ahora habla con una prosodia y elegancia admirables.

En la contemplación de mi Alice in Wonderland vuelvo a encontrar la ligereza y la disponibilidad de los efebos… Estoy presenciando el surgimiento de una escritora brillante, genial.

Y quisiera indicarles algunos preceptos que los reconforten. Sencillos y eficaces.

Todo llega… Todo se olvida… Todo se arregla… Nadie comprende nada de nada.

Si todo el mundo supiera lo que todo el mundo dice de todo el mundo, nadie hablaría con nadie. Y si uno llegare a conocer las calumnias, difamaciones, rumores y falsedades que alguien dice de uno mismo, habrá que aprender a disimular que nos enteramos y… ¡olvidarnos!

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