El Cronista de la Ciudad de México, Guillermo Tovar y de Teresa habla de JORGE DENEGRE

Conocí a Don Jorge Denegre Vaught en 1971.

Yo tenía—-uuuuhhhh!! hace bastantito tiempo—-quince años de edad y muy poco de haber iniciado la búsqueda de los libros que demandaba mi voracidad–es el término excacto para este voraz comprador y negociante de libros antiquísimos— “voracidad” lectora y que luego utilizaba como instrumentos de trabajo. Varias personas que me habían hablado de Don Jorge y una de ellas, Don Gustavo Navalón, quien tenía su despacho en la calle de Donceles, me dio el consejo de buscarlo si quería conseguir dos libros que no se veían casi nunca en las librerías de viejo. Mi interés por ambos en ese momento era enorme. Uno de los dos era la Crónica dominica de Fray Hernando de Ojea, de principios del siglo XVII aunque publicada de manera póstuma a principios del actual por la imprenta del Museo Nacional, gracias a los empeños del director de su biblioteca, Don José María de Agreda y Sánchez, insigne bibliófilo erudito del XIX mexicano. Ojea en su crónica describe a la ciudad de México y a la iglesia de Santo Domingo tal como la vio en 1607, con su cielo lleno de estrellas, su purpúreo amanecer, su primavera de fuentes plantas y flores, sus calles anchas y sus edificios majestuosos y entre ellos la referida iglesia, entonces llena de retablos renacentistas, artesonado mudéjar y una sacristía decorada con temas bíblicos por Simón Pereyns, Andrés de Concha y Francisco de Zumaya. El otro era el de los Conventos suprimidos de México de Manuel Ramírez de Aparicio. Una anciana tía mía me lo había regalado en la edición de Agüeros, pero yo deseaba tenerlo en la edición primera de 1861 pues contenía litografías magníficas que permitían imaginar los conventos desaparecidos: San Francisco, cuyo aspecto imaginaba gracias a los recuerdos de García Cubas, que lo visitó de niño, o el de la Piedad, cuya iglesia llegó hasta los años del presente para ser demolida y ocupada por la Octava Delegación.

Yo tenía escasos recursos por mi edad y mi condición de estudiante de primero de preparatoria. Sin embargo, disponía ya de unos pocos libros para canje: cuatro tomos de la historia de Lucas Alamán, en su primera edición, del Pensador Mexicano, folletos en su mayoría.

Serían como las siete de la noche cuando salí de la escuela y me dirigí a casa de Don Jorge Denegre. Toda la tarde, en mi pupitre, me imaginaba los libros y empecé a preguntarme si no tendría otros que también buscaba. Llegando toqué el timbre y unos perros comenzaron a ladrar con tanta furia que me asusté; salió una muchacha y me preguntó si algo se me ofrecía y le expliqué mis motivos y le di mi nombre. Unos minutos después salió un hombre de pelo blanco vestido de traje con chaleco que me miraba extrañado. Comenzó por examinarme e interrogarme. Y así, tras la puerta, desde la calle le respondía sus múltiples preguntas. Le solicité el libro de Los Conventos y la Crónica de Ojea. Le dije que mi interés era obtener informaciones sobre el arte colonial y estuvimos hablando sobre retablos, conventos, iglesias y pintores. Así pasó hora y media. Me dijo que volviera otro día, pues tenía que buscar esos libros. Me fui feliz, no solamente por haber encontrado esas rarezas sino por haber conocido a una persona tan sorprendente, pues

de libros sabía todo.

Volví una semana después. Ahora, sí me invitó a pasar a su casa-biblioteca. Me sentí suspendido, encantado, impresionado con el espectáculo que ofrecían las habitaciones repletas de libros inconseguibles. Recuerdo la estancia principal con su Virgen de Guadalupe <de Cabrera> que fuera algún  día propiedad del padre Castillo y Piña, como luego me lo dijo, con sus anaqueles llenos de obras de historia regional y bibliografías de las que Don Genaro Estrada editara desde la Secretaría de Relaciones en los años veinte, colección que entonces me empeñaba en tener completa. Recuerdo el cuarto de arte e historia y el de obras mexicanas, donde, en esos años, el escritorio todavía servía para escribir. Las estancias de arriba estaban cerradas, lo cual picó mi curiosidad. Admirado, sorprendido, le enseñé los libros que iba a ofrecerle en canje y Don Jorge me mostraba a su vez los ejemplares del Ojea y de Los Conventos. El Alamán estaba en buen estado pero carecía del tomo V y los folletos y El Periquillo del “Pensador” le parecieron en mal estado. Cierto, tenían picaduras de polilla. Su ejemplar de Ojea estaba lavado y encuadernado de guinda por Castilleja y Los Conventos se hallaba completado con fotocopias, pero tenía completas sus litografías originales. Era tal mi ansia por tener y leer a mi antojo esos libros que no reparé en sus defectos. Sus ejemplares no eran perfectos y los míos tampoco, pero contenían lo que ambos siempre hemos considerado esencial en un libro: el texto completo, que en última instancia es lo que importa. Mi Alamán trunco lo había leído y lo había conseguido en quinientos pesos, cifra considerable para mí en esos días. Los folletos los había comprado en “Robredo” en una cantidad próxima a los mil pesos y esperaba obtener por ellos algún beneficio. El Lic. Denegre fue implacable y me dijo que si le daba mis libros y dos mil pesos me entregaría los libros que yo soñaba tener. Cerramos el trato y le pagué después, ya que me dio la facilidad de darle el dinero en una semana. Una persona me lo prestó y pude pagarle. Así empezó una relación que en muy poco tiempo se volvió amistosa y hoy día muy entrañable.

Don Jorge Denegre es un personaje único. Por su memoria, sus conocimientos en materia bibliográfica e histórica, su cultura general muy sólida, su amor a México, a los libros y al estudio, por su celo en la conservación del patrimonio bibliográfico nacional y sobre todo por su nobleza, su buen carácter y su raro sentido de la amistad fundado en la lealtad y la generosidad.

A Don Jorge le debo varios libros. Sin su ayuda jamás los hubiera escrito. Me refiero, más que nada, a la Bibliografía Novohispana de Arte y La ciudad y la Utopía en el Siglo XVI. Para el primero me dio todas las facilidades imaginables, desde consejos y fotocopias hasta originales maravillosos. En el segundo caso, me proporcionó el ejemplar del tratado del Alberti anotado de puño y letra del Virrey Mendoza, un libro impreso en París en 1512, pero leído en México en 1539 por Don Antonio, el primer Virrey de Nueva España. Esta joya increíble estuvo en mi poder todo el tiempo que ocupé en mi investigación hasta que luego lo doné a la Biblioteca Central de Antropología e Historia.

Los ratos que he pasado con  Don Jorge hablando de libros y de las cosas de la vida han sido muy formativos y las anécdotas que hemos vivido juntos para mí serán inolvidables. Don Jorge ha sido uno de mis mejores maestros pues me enseñó a aprender, a sentir pasión por la bibliografía y los libros y a reírme de muchas cosas. Aunque jamás se ha tomado en serio, pues es muy inteligente y tiene mucho sentido del humor, Don Jorge es uno de los más serios bibliógrafos de México; su trabajo sobre Rivera Cambas así lo demuestra. Su colección de Grandes Crónicas Mexicanas es un esfuerzo admirable, así como sus ediciones que ostentan el rubro de

Academia LiterariaHYPERLINK “http://personales.com/mexico/campeche/algrano/OBRAS%20HISTORICAS%20MEXICANAS.htm”. Sus artículos históricos publicados en la Enciclopedia de México son prueba de su solidez en temas tan interesantes como el de la Piratería en el Golfo de Campeche.

Su obra escrita, sus esfuerzos por enriquecer las bibliotecas de México, su celo para denunciar saqueos, su honradez a toda prueba, la semilla que ha depositado en todos sus amigos y seguidores, sus conocimientos ya mencionados, que abarcan diversas materias, y su bondad, lo hacen acreedor a este homenaje y al reconocimiento de todos los que encontramos en él, a un hombre bueno, amigo y valioso como pocos. Vayan con estas palabras mis sentimientos de gratitud y admiración

por este

mexicano extraordinario.

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